Un artista que trabaja con el peso de los momentos fugaces, entre las llamas y las cenizas de las antiguas y las nuevas ceremonias. Y gusta llamarse así mismo compositor artesano. Su truco es el instante, el carpe diem, y verbaliza los paisajes interiores como el ingrediente, debajo de la piel, de una realidad que le suena a música... El músico ha conseguido que, como bardo que se instala con sus atributos humanos y sagrados, las gentes del lugar lo consideren necesario, o al menos parte natural del ambiente, como la claridad del atardecer, la farmacia, el colegio o la iglesia parroquial. Una campanada contra la incertidumbre que siempre acompaña al músico, al creador...