En cada montería, la organización de las armadas refleja una tradición que se ha perfeccionado generación tras generación. Las primeras en salir son las que sellan la mancha, una labor clave para garantizar que los jabalíes permanezcan dentro del cazadero antes de que las rehalas entren en acción. Es un trabajo tan estratégico como simbólico, parte esencial de una cultura cinegética que combina conocimiento del terreno, coordinación y respeto por una práctica ancestral.
El terreno aporta su propio carácter a la jornada: una mancha quebrada por el río, con barrancos que definen la manera de cazar y condicionan cada movimiento. Los puestos, muchos de ellos naturales y apoyados sobre grandes rocas, ofrecen seguridad y una visión privilegiada del entorno. Son enclaves auténticos, elegidos por su historia y su eficacia, donde el cazador se integra en el paisaje y forma parte del equilibrio natural que gobierna la montería.
La orografía, marcada por roquedos que se alzan como guardianes del coto, convierte el escenario en un mosaico de luces, sombras y alturas que solo Extremadura sabe ofrecer. Este entorno permite observar las reses con claridad y vivir lances amplios y emocionantes, a la altura de una modalidad que es patrimonio cultural. Cada rincón del terreno cuenta una historia y cada jornada confirma por qué la montería sigue siendo uno de los pilares del mundo cinegético en esta tierra.