Santa Lucía del Trampal y el río invisible hacia Proserpina
Jueves, 15 Enero 2026

Entre los montes humildes y los silencios densos de Extremadura, existen lugares que parecen hablar un idioma antiguo, hecho de piedra, agua y memoria. Uno de esos lugares es la ermita visigoda de Santa Lucía del Trampal, cerca de Alcuéscar, un espacio donde la luz cristiana se encuentra con los ecos de una diosa infernal: Ataecina.

La iglesia que hoy contemplamos fue construida en el siglo VI, en pleno periodo visigodo, pero bajo sus cimientos late un santuario prerromano dedicado a Ataecina, deidad de las aguas, la fertilidad y el renacimiento. Un lugar escogido a sabiendas. No es casualidad que cerca de allí brote un manantial termomineral, el Trampal, que emerge directamente de las entrañas de la tierra.

En las excavaciones arqueológicas se encontraron cerca de 50 inscripciones dedicadas a Ataecina, evidencias de un culto muy activo que también se reproduce en otras localidades de la provincia, como Torrejóncillo o Malpartida de Cáceres. Con la romanización, Ataecina fue asociada a Proserpina, diosa romana del ciclo vegetativo y del inframundo, dando lugar a un sincretismo que se reflejaría siglos después con la llegada del cristianismo y la construcción de Santa Lucía.

El paso de Ataecina a Santa Lucía no fue un borrón, sino una continuidad de lo sagrado. La diosa de las aguas y la regeneración se fusiona, en la memoria cultural, con la santa protectora de la vista y de la salud. Hay quienes aseguran incluso que el Trampal fluye montaña abajo hasta desembocar en el embalse romano de Proserpina, cerrando un camino invisible y subterráneo entre deidades, como si las aguas transportaran la memoria de lo antiguo hacia lo nuevo.