NEGOCIOS
El último día de Dulces Isabel en Plasencia
La falta de relevo generacional pone fin a un negocio familiar que convirtió sus bollos de patata en uno de los sabores reconocibles de la ciudad
A las nueve de la mañana ya habían vendido una cesta entera. Delante del puesto, una cola de una veintena de personas esperaba su turno. Algunos venían a por los bollos de patata de siempre. La mayoría quería llevarse a casa un último recuerdo. Así comenzaba el último día de Dulces Isabel en Plasencia.
Hay negocios que terminan cerrando una puerta y otros que, al hacerlo, dejan un vacío. Este martes, Isabel Ignacio se despedía de su tienda y de su puesto en el mercado después de 33 años entre masas, aceite, harina y recetas aprendidas en familia.
“Al principio parece que tienes ganas, pero luego, cuando llega el momento, es difícil”, reconoce Ignacio, marido de Isabel. La jubilación que durante tanto tiempo parecía lejana ya está aquí. “Ahora toca disfrutar de los nietos y de una vida con menos madrugones”, dice, tras una trayectoria que ha dejado un sabor reconocible en varias generaciones de placentinos.
La historia de los famosos bollos de patata comenzó mucho antes de que existiera la pastelería. Bernarda, suegra de la hermana de Isabel, comenzó a venderlos durante la guerra a los militares que acudían a jugar a las cartas. Ella trasladó la receta y el secreto a la familia de Isabel, que con el tiempo sumó huesillos, roscas, pestiños, floretas y cañas a la oferta. Han pasado más de tres décadas entre patata, harina, sal y una preparación que nunca se ha querido desvelar del todo. Pero, sobre todo, con algo más importante que no ha faltado nunca en todo este tiempo: “trabajo y constancia”.
Porque antes del mostrador hubo calles, plazas y fiestas. Durante años, Isabel y su familia llevaron sus elaboraciones allí donde había algo que celebrar: los Ramos, las fiestas de los barrios, los mercadillos y distintos acontecimientos populares.
Las cestas fueron su primera forma de darse a conocer. Después llegó la tienda y, con el tiempo, la venta al por mayor.
Por el negocio han pasado varias generaciones. Clientes que llegaron siendo niños y regresaron años después para comprar para sus propios hijos. Personas que hicieron de una visita al puesto una costumbre y que este martes han querido estar también en la despedida.
Porque cerrar no significa que haya dejado de funcionar. Es, como sucede en la mayoría de estos casos, una cuestión de falta de relevo generacional. Sus hijos han decidido tomar otros caminos.
Lo demuestra un último día que tiene algo de celebración y sabor agridulce. Porque mientras se despiden las jornadas interminables y el echar cuentas, se dice adiós también a una forma de hacer única. Y lo hacen mirando hacia delante, con la satisfacción de haber mantenido durante 33 años una receta familiar y de haberla convertido en parte de la historia cotidiana de Plasencia y de sus vecinos.
Este martes se apaga el horno, se recoge el puesto y se cierra la tienda. Pero durante mucho tiempo, cuando alguien en Plasencia vuelva a hablar de un bollo de patata, habrá un nombre vinculado a su recuerdo.
