Jarilla, 10 meses después: el monte vuelve a la vida

Técnicos, ganaderos y vecinos conviven entre trabajos de restauración y esperanza en una zona marcada por una de las peores catástrofes de nuestra historia

Nieves Ibarrondo
14 Mayo 2026, 12:38 | Actualizado 14 Mayo 2026, 13:16

Diez meses después del incendio que arrasó más de 17.000 hectáreas en el norte de Cáceres, Jarilla y su entorno siguen marcados por las cicatrices del fuego, pero también esperanzados con los primeros signos de recuperación. Donde hubo ceniza, hoy brota de nuevo la vegetación y se despliega un ambicioso plan de restauración que busca devolver la vida al monte en tres fases bien definidas.

El incendio, declarado el 12 de agosto, fue uno de los más devastadores de la historia reciente de Extremadura. La rápida propagación de las llamas obligó a evacuar a vecinos y puso en alerta a varias comarcas del Valle del Jerte y el Ambroz. Meses después, el trabajo no terminó con la extinción: comenzó una carrera contrarreloj para frenar la erosión, recuperar el suelo y reactivar el ecosistema.

El coordinador del Plan INFOEX, Manuel Rivera, recuerda aquellos días como “angustiosos y de muchísimo trabajo”, pero subraya también el impacto humano del fuego. “Lo que más recuerdo es la forma en la que afectó a las personas”, señala, en un contexto en el que la temporada de grandes incendios, advierte, “se ha desestabilizado”.

Primera fase: proteger el suelo

El primer paso del plan se centró en frenar la erosión tras el incendio. Una labor urgente para evitar que las lluvias arrasaran lo poco que quedaba del terreno. Se instalaron fajas de paja en zonas inaccesibles a las que se llegaba en helicóptero -actuando sobre más de mil hectáreas- además de la construcción de diques y gaviones que retienen cenizas y sedimentos antes de que lleguen a los embalses que abastecen a los municipios. También se realizaron trabajos de subsolado para favorecer la infiltración del agua y la recuperación del suelo. Una fase ya finalizada que permitió estabilizar las áreas más frágiles tras el impacto del fuego.

Segunda etapa: devolver la vida al monte

Tras la Navidad arrancó un segundo ciclo centrado en la regeneración de la vegetación más afectada. El objetivo: actuar sobre unas 2.500 hectáreas de monte público con alto valor ecológico, especialmente pinares de pino silvestre en zonas como Casas del Monte y Hervás.

Se han desarrollado hasta cinco obras simultáneas —tres de ellas aún en ejecución— y se han plantado más de 40.000 árboles entre pinos, castaños, robles y cerezos silvestres. A ello se suma un proyecto experimental europeo con la introducción de unos 600 pinsapos, una especie no habitual en la zona.

El jefe de sección forestal de Cáceres, Enrique Balbuena, se enorgullece del ritmo de trabajo "hemos sido la Comunidad Autónoma mas rápida" y destaca que esta fase busca acompañar la regeneración natural en la que muchas áreas comenzaron a rebrotar por sí solas tras unas llamas que afectaron especialmente a vegetación de alta montaña.

Tercer estadio: reconstruir lo que sostiene el territorio

La tercera y última fase del plan se centra en la actualidad en las infraestructuras: caminos, cerramientos y alambradas. Un trabajo clave para devolver la funcionalidad al territorio y facilitar tanto la gestión forestal como la actividad ganadera.

Un territorio que se recupera entre cicatrices

Ganaderos como Florencio Peña y Felipe Delgado recuerdan que, tras el incendio, la situación fue especialmente dura. “Te quedas sin nada de comida para el ganado. Hemos pasado un verano y otoño muy largos y muchas fincas quedaron sin lindes”, explican. Durante semanas, incluso después del fuego, siguieron viendo columnas de humo y rebrotes que obligaban a mantener la vigilancia constante.

El paisaje también convive con otro desafío al de los desastres naturales: la despoblación rural. La falta de relevo generacional y el abandono progresivo de la tierra dificultan el mantenimiento del entorno y aumentan la vulnerabilidad frente a futuros incendios.

Aun así, en Jarilla y su entorno, la sensación es de resistencia, de convivencia frente a lo sucedido y de esperanza. Entre el negro de los troncos quemados y el verde que empieza a asomar, el monte avanza lentamente hacia su recuperación. Un proceso largo, técnico y complejo, pero también profundamente humano: el de un territorio que se niega a desaparecer.