MAGIA

El mapa de los aquelarres de Extremadura

De norte a sur, de pozas a bosques, los lugares de reunión de las brujas es tan extenso como la propia región 

Nieves Ibarrondo
12 Mayo 2026, 10:38 | Actualizado 12 Mayo 2026, 10:56

En la memoria popular de Extremadura se extiende un mapa invisible, tejido entre la niebla y la superstición. No aparece en los atlas, pero sí en las historias que aún se cuentan en voz baja cuando cae la noche. Son los supuestos lugares de reunión de las brujas: un itinerario disperso por arroyos, fuentes, pozos y bosques donde, según la tradición oral, lo imposible encontraba su escenario.

En Cáceres se habla del “arroyo de las brujas”, un enclave donde el agua parece arrastrar ecos antiguos entre la vegetación. Más al norte, en Jaraíz de la Vera, el “charco de las brujas” se describe como un punto donde la superficie del agua nunca está del todo en calma, incluso en las noches sin viento.

El misterio se extiende hacia otros rincones. En Cuacos de Yuste y Campanario se mencionan pozos asociados a estas reuniones nocturnas, lugares profundos donde, según la leyenda, el eco devolvía voces que no eran humanas. En Orellana la Vieja, el “retamal de las brujas” aparece como un laberinto vegetal donde perderse era demasiado fácil… y encontrarse, demasiado inquietante.

También hay fuentes como la de Almendral o el manantial de Horcajo, espacios donde el agua brota con una quietud sospechosa, como si escuchara antes de fluir.

La tradición cuenta que estos encuentros no eran rituales oscuros ni pactos demoníacos, sino reuniones festivas: bailes, risas y enseñanzas entre mujeres acusadas de brujería. Se dice que ocurrían los viernes, siempre en lugares cercanos pero discretos, como si la propia tierra ayudara a ocultarlas.

Sin embargo, las concentraciones extremeñas no eran sino preparativos.Según la leyenda, el gran punto de reunión de todas las brujas era Barahona, en Soria, donde se celebraba una especie de gran convención. Salvo las brujas hurdanas, que en lugar de subir hacia el norte preferían el sur: los arenales de Sevilla.

Hoy, estos lugares siguen ahí. Arroyos, pozos y bosques que no han cambiado demasiado. Y aunque la razón los explica, la imaginación —esa que nunca descansa del todo— sigue viendo en ellos algo más.