PERSONAJES

La enterradora de Ribera del Fresno

Vestía con calzón y chaqueta, llevaba el pelo rapado, fumaba en pipa y frecuentaba las tabernas. Su peculiar forma de vida la convirtió en objetivo de la prensa de la época 

Imagen generada con IA Recreación de la enterradora de Ribera del Fresno, un singular personaje que llamó la atención de la prensa en 1882.

25 Agosto 2026, 11:20 | Actualizado 25 Agosto 2026, 11:51

Ribera del Fresno, 1882. En las calles de este municipio pacense había una mujer que no encajaba en ninguno de los moldes que la sociedad de su tiempo había reservado para ellas. Vestía con calzón y chaqueta, llevaba el pelo rapado, fumaba en pipa y frecuentaba las tabernas. Pero había algo que la hacía todavía más singular: era enterradora.

No era una cuestión tanto de leyes como de costumbres. El cuidado de los cementerios y las labores relacionadas con los enterramientos estaban vinculados a los ayuntamientos, a las parroquias y a los trabajadores encargados de estas tareas. Manipular cadáveres, cavar sepulturas o encargarse de los entierros formaba parte de un universo laboral profundamente masculinizado.

Por eso, aquella mujer de Ribera del Fresno llamaba la atención. Y mucho.

La prensa de la época decidió convertirla en personaje. El 5 de marzo de 1882, su historia apareció recogida en las páginas de El Motín y El Liberal, dentro de ese periodismo decimonónico que mezclaba información, sátira, costumbrismo e ironía por aquellos que se salían de la norma.

El retrato que dejaron de ella resulta extraordinario. No se limitaban a contar que trabajaba enterrando a los muertos. Se detenían en su aspecto y en sus costumbres: el calzón y la chaqueta, el pelo rapado, la pipa, las tabernas y una manera de vivir que, para los ojos de aquella sociedad, parecía desafiar las convenciones. Más que una trabajadora, la prensa construyó alrededor de ella un personaje.

Y ahí está precisamente lo más interesante de su historia.

Porque aquello que hoy podemos leer como una muestra de libertad o de ruptura con los roles de género, entonces era presentado como una rareza. La mujer que hacía un trabajo de hombres, vestía como un hombre y frecuentaba espacios considerados masculinos se convertía en una anomalía digna de ser contada.

En los pueblos pequeños, además, era difícil pasar desapercibido. Las costumbres, los oficios y las relaciones sociales formaban parte de una vida comunitaria en la que todo el mundo conocía —o creía conocer— a todo el mundo.

Ella rompía esa normalidad.

Su figura también permite asomarse a una realidad menos conocida de la historia del trabajo femenino. Aunque durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX los oficios relacionados con la fuerza física, los cementerios y la manipulación de cadáveres estuvieron ocupados fundamentalmente por hombres, las mujeres también desempeñaron trabajos que la historia ha dejado en segundo plano.

En circunstancias excepcionales, como epidemias, guerras o momentos en los que faltaban trabajadores disponibles, podían asumir tareas que habitualmente recaían en los hombres. Pero la enterradora de Ribera del Fresno resulta especialmente llamativa porque su historia quedó fijada en la prensa precisamente por esa ruptura con lo esperado.

No sabemos cuánto de aquella descripción respondía fielmente a su vida cotidiana y cuánto había de exageración periodística. La prensa decimonónica disfrutaba especialmente con los personajes singulares y utilizaba con frecuencia el humor, la ironía y el retrato costumbrista para presentarlos ante sus lectores.

Pero hay algo que sí ha sobrevivido al paso del tiempo: la imagen de una mujer que se ganó la vida entre tumbas cuando aquel no parecía un lugar para ellas.

La prensa la convirtió en una rareza.

La historia, en cambio, puede devolverle algo más sencillo: la condición de mujer que trabajaba, que tenía un oficio y que ocupó un espacio que casi nadie esperaba que ocupara.

Murió sola, pero no olvidada.