INSTANTES MÁGICOS
Hay dos momentos en los que Extremadura es aún más bonita: 10 lugares para descubrirlos
El amanecer y el atardecer transforman montañas, valles, embalses y ciudades en paisajes completamente distintos.Estos son diez rincones de Extremadura donde merece la pena esperar a que cambie la luz
Canal Extremadura El despertar del Alagón: cuando las primeras sombras se retiran y la niebla acaricia las montañas en el norte de Extremadura.
La primera luz del día dibuja los paisajes con tonos suaves y el último sol alarga las sombras, enciende las fachadas y convierte los embalses en grandes espejos. Son dos momentos fugaces, pero suficientes para cambiar por completo un paisaje.
Extremadura, con sus grandes sierras, sus valles, ríos y ciudades históricas, ofrece numerosos escenarios para contemplarlos. Algunos son conocidos; otros se esconden en carreteras secundarias, pueblos de montaña o rincones desde los que el horizonte parece no tener fin.
Una selección de diez lugares para comprobar que el paisaje extremeño también se disfruta entre dos luces.
1. Mirador de la Memoria, El Torno
En las laderas de la Sierra de Tormantos, el Mirador de la Memoria se asoma sobre el Valle del Jerte. La panorámica alcanza buena parte del valle y las montañas que lo rodean, pero el lugar guarda además una dimensión histórica.
Cuatro esculturas humanas, obra del artista Francisco Cedenilla, permanecen sentadas sobre la montaña desde 2008. El conjunto rinde homenaje a las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura y convierte este mirador en un espacio donde paisaje y memoria se encuentran.
Al amanecer, la luz entra por el valle y va iluminando progresivamente las laderas. Al final del día, ocurre el proceso contrario: las montañas se convierten poco a poco en siluetas.
2. Salto del Gitano, Monfragüe
El río Tajo atraviesa en este punto una de las formaciones rocosas más emblemáticas del Parque Nacional de Monfragüe. Las paredes de cuarcita del Salto del Gitano alcanzan unos 300 metros de longitud y se elevan más de 100 metros sobre el cauce.
El lugar es, además, uno de los grandes santuarios de aves de Extremadura. Buitres leonados, alimoches, cigüeñas negras y otras especies utilizan estas paredes como lugar de nidificación o descanso.
Las primeras y últimas horas del día añaden un atractivo más: con el sol bajo, las aves se recortan contra la roca y el Tajo refleja una luz completamente distinta a la del resto de la jornada.
3. Cerro Masatrigo, La Siberia
Su silueta circular parece surgir directamente del agua. El Cerro Masatrigo se encuentra rodeado por las aguas del embalse de La Serena cuando el nivel del embalse lo permite y es una de las imágenes más reconocibles de La Siberia extremeña.
Una carretera rodea la base del cerro y permite contemplarlo desde diferentes perspectivas. Desde lo alto, el paisaje se abre hacia un territorio de grandes extensiones de agua, sierras y dehesas.
El atardecer es especialmente fotogénico cuando el sol cae sobre el embalse y convierte el agua en una sucesión de reflejos dorados.
El enclave forma parte además de la red de Miradores Celestes de Extremadura, espacios acondicionados para la observación del cielo nocturno. Entre ellos se encuentran también el Mirador Celeste de La Serena, en Cabeza del Buey, o el Mirador Celeste de La Siberia, en Fuenlabrada de los Montes, que aprovechan la excepcional calidad de los cielos de esta zona.
4. Mirador del Cerro del Búho, Cabezabellosa
La altitud convierte a Cabezabellosa en uno de esos lugares donde el horizonte parece multiplicarse. Desde el Cerro del Búho se obtiene una panorámica de amplias zonas del norte de Extremadura, con las sierras y valles sucediéndose hasta perderse en la distancia.
En días despejados, la vista alcanza hacia Las Hurdes, Sierra de Gata, el Valle del Alagón y, más allá, las sierras del territorio portugués.
Es un lugar especialmente apropiado para contemplar cómo cambia el relieve con la luz. Al amanecer, las primeras sombras se van retirando de los valles; al atardecer, las montañas se superponen en diferentes tonalidades.
5. Meandro del Melero, Las Hurdes
El río Alagón dibuja aquí una de las curvas más reconocibles de Extremadura. El Meandro del Melero rodea una pequeña península cubierta de vegetación y crea una imagen que cambia notablemente dependiendo de la época del año y de la luz.
El mejor punto para contemplarlo es el Mirador de La Antigua, en las proximidades de Riomalo de Abajo.
La última luz de la tarde resalta la forma del meandro y las montañas que lo rodean. En las primeras horas del día, en cambio, la neblina puede aparecer sobre el agua y envolver el paisaje en una atmósfera casi irreal.
6. Balcón de Extremadura, Montánchez
Montánchez se levanta sobre una de las sierras que dominan la llanura central extremeña. Su castillo, de origen musulmán y posteriormente vinculado a la Orden de Santiago, corona la localidad y convierte su silueta en uno de los perfiles más reconocibles de la zona.
Desde sus puntos elevados se contempla una extensa panorámica de la campiña, con un horizonte que se pierde hacia las llanuras de Cáceres.
La posición elevada hace especialmente atractivo el atardecer: el sol cae sobre una enorme extensión de paisaje y la fortaleza queda recortada sobre el cielo.
7. Puerto Peña, Talarrubias
Agua y roca se encuentran en uno de los paisajes más característicos de La Siberia. Puerto Peña se sitúa junto al embalse de García de Sola, encajado entre grandes paredes rocosas.
Las aves rapaces forman parte inseparable de la estampa. Los cortados sirven de refugio y zona de nidificación a numerosas especies, entre ellas el buitre leonado.
Cuando el sol comienza a bajar, las paredes rocosas adquieren tonos cálidos y el agua recoge el cambio de color del cielo. Un paisaje que, además de contemplarse, puede disfrutarse desde diferentes puntos del entorno.
8. Obispo Galarza, Cáceres
No todos los paisajes de amanecer y atardecer necesitan montañas. En Cáceres, la piedra de la ciudad monumental se convierte en protagonista cuando la luz comienza a cambiar.
Desde el entorno del mirador del Obispo Galarza se obtiene una de las perspectivas más reconocibles de la ciudad histórica. Las torres, tejados y fachadas de la Ciudad Monumental forman un perfil especialmente fotogénico cuando el sol se encuentra bajo.
La piedra dorada de Cáceres parece adquirir entonces una tonalidad diferente. Es el mismo patrimonio que se contempla durante el día, pero con otra luz y otra atmósfera.
9. La Alcazaba de Badajoz
La Alcazaba de Badajoz domina la ciudad desde una posición privilegiada junto al río Guadiana. Sus murallas almohades, levantadas en el siglo XII, forman parte de uno de los conjuntos fortificados más importantes de la Península.
Desde sus alturas, la ciudad se extiende hacia el horizonte y el Guadiana aparece como una de las referencias visuales del paisaje.
Al caer la tarde, las murallas y torres adquieren protagonismo mientras la luz se va retirando de la ciudad. Es uno de esos lugares donde el patrimonio y el paisaje comparten escenario.
10. Pico Villuercas, Geoparque Mundial UNESCO Villuercas-Ibores-Jara
A más de 1.500 metros de altitud, el Pico Villuercas ofrece una de las panorámicas más amplias de Extremadura. Desde su cumbre se despliega un paisaje de sierras paralelas, valles y enormes extensiones de bosque y dehesa.
La montaña forma parte del Geoparque Mundial UNESCO Villuercas-Ibores-Jara, un territorio especialmente singular por su patrimonio geológico.
El amanecer tiene aquí una recompensa especial: cuando las primeras luces alcanzan las cumbres, los valles permanecen todavía en sombra y el relieve aparece escalonado hasta el horizonte.
Dos momentos, una Extremadura diferente
No existe una única hora para disfrutar de estos paisajes. El amanecer ofrece silencio, temperaturas más suaves y una luz que comienza a descubrir poco a poco el territorio. El atardecer, en cambio, alarga las sombras y tiñe de tonos cálidos las montañas, el agua y la piedra.
Entre ambos extremos del día aparece una Extremadura diferente: la de los paisajes que cambian en cuestión de minutos y la de esos lugares a los que merece la pena llegar sin mirar demasiado el reloj.
Porque algunas de las mejores vistas de la región no necesitan más que un horizonte despejado, un lugar desde el que contemplarlo y esperar a que la luz haga el resto.
Un paisaje que cambia con la estación
La hora no es lo único que transforma estos paisajes. La estación del año, la posición del sol y hasta el nivel de agua pueden cambiar por completo la escena.
En lugares como el Cerro Masatrigo o Puerto Peña, la presencia del agua adquiere un protagonismo diferente según el estado de los embalses. Con niveles altos, el reflejo del cielo amplía visualmente el paisaje; cuando el agua retrocede, aparecen nuevas orillas y cambia por completo la relación entre la montaña, la vegetación y el agua.
También cambia la propia luz. En invierno, el sol permanece más bajo y proyecta sombras largas, con tonos más fríos y una luz rasante que marca especialmente bien el relieve. En verano, los amaneceres y atardeceres llegan con el sol más alto y una atmósfera que puede ofrecer tonos más intensos y cálidos.
Por eso, volver al mismo mirador en otra época del año puede significar encontrarse ante un paisaje que parece nuevo.