EL ALMA DE LA MONTERIA
Los perros de montería, el alma que mueve el monte
La montería no podría entenderse sin la presencia de los perros. Su trabajo permite que jabalíes, venados y otros ungulados abandonen la espesura y ofrezcan oportunidades de lance a los monteros.
Dotados de un extraordinario sentido del olfato, los perros son capaces de detectar rastros recientes, encames y querencias que resultan imposibles de localizar para el ser humano. Guiados por los rehaleros, recorren barrancos, manchas y monte cerrado buscando la emanación de los animales ocultos entre la vegetación.
La ladra, el lenguaje que anuncia la acción
Cuando los perros encuentran un rastro caliente o levantan una pieza, comienzan a ladrar de forma característica. Esta ladra informa a monteros y rehaleros sobre la situación de la caza, la dirección de la huida e incluso la intensidad del seguimiento. Cada ladrido transmite información valiosa que forma parte de la esencia sonora de la montería.
Valor, resistencia y trabajo en equipo
El trabajo de una rehala exige perros fuertes, valientes y perfectamente adaptados al terreno. Durante horas afrontan zarzas, barrancos y espesuras siguiendo a animales que intentan escapar. La coordinación entre los distintos perros resulta fundamental para mantener el movimiento de las reses y evitar que vuelvan a refugiarse en el monte cerrado.
Tradición, emoción y cultura montera
El eco de las ladras resonando por las manchas es una de las imágenes sonoras más representativas de la montería española. Más allá de su función práctica, los perros representan siglos de tradición cinegética y constituyen una pieza fundamental de una modalidad donde el esfuerzo colectivo, el conocimiento del campo y el trabajo bien realizado siguen siendo la base del éxito.


