DEHESA VIVA
La llamada del porquero, el lenguaje secreto entre el hombre y el cerdo ibérico
Una tradición del campo extremeño que requiere años de convivencia con los animales para dominar su técnica
Antes de que existieran los cercados modernos y los sistemas actuales de manejo ganadero, en la inmensidad de la dehesa había una herramienta imprescindible para los porqueros: su propia voz. Un sonido, un silbido o una cantinela que permitía reunir a los cerdos ibéricos dispersos entre encinas y alcornoques. Era la llamada del porquero, una tradición oral transmitida durante generaciones y que todavía hoy sobrevive en muchos rincones del campo extremeño.
No existe una única forma de llamar a los cochinos. Cada ganadero tiene su propia manera, aprendida con los años y adaptada al carácter de sus animales. Porque, como explica Jesús Giles, ganador en 2025 del concurso que recupera esta costumbre en Fuentes de León, "los cerdos son como las personas: los hay más ariscos, más cariñosos, y no todos responden igual".
La clave no está solo en la voz, sino en el conocimiento del animal. "El secreto es estar tiempo con ellos. A los cerdos les gusta la caraba", cuenta Giles, que lleva toda una vida vinculada al campo. "Me han salido los dientes en el campo", asegura, siguiendo la tradición familiar de sus padres, también ganaderos.
La llamada del porquero es una mezcla de técnica, paciencia y experiencia. El ganadero debe conocer a sus animales, saber cuándo llamarlos, interpretar sus reacciones y conseguir que reconozcan un sonido que para ellos significa regresar, acercarse al alimento o reunirse con la piara.
Durante años, estas llamadas formaron parte del paisaje sonoro de la dehesa extremeña. Eran voces que se escuchaban entre las encinas durante la montanera, cuando el cerdo ibérico recorría kilómetros en busca de bellotas. Cada porquero conservaba sus propios tonos y expresiones, una especie de idioma particular compartido con sus animales.
La competición que desde hace dos ediciones se celebra en Fuentes de León es un homenaje a ese patrimonio inmaterial: una forma de entender el campo que no aparece en los manuales, que no se aprende en una escuela y que solo se adquiere con años de convivencia entre el ganadero y la dehesa.
Porque detrás de una llamada hay mucho más que un sonido. Hay una relación construida durante generaciones entre el hombre, el cerdo ibérico y uno de los paisajes más característicos de Extremadura.