VILLA DEL ARCO
El pueblo que se quedó sin vecinos, no sin recuerdos
Fue municipio, tuvo escuela, Ayuntamiento e incluso prisión. Hoy, despoblado, El Arquillo mantiene viva su memoria y cada septiembre vuelve a llenarse con su fiesta de la sandía
Canal Extremadura En los años 60 se quedó sin vecinos pero Villa del Arco, El Arquillo para quienes lo conocen de toda la vida, guarda una historia que todavía puede leerse en sus calles.
Villa del Arco, El Arquillo para quienes lo conocen de toda la vida, se encuentra a unos cinco kilómetros de Cañaveral, en la ladera sur de la Sierra del Arco. Hoy, cuando en sus casas apenas habita el silencio, cuesta imaginar la vida que llegó a concentrarse en este pequeño núcleo: niños camino de la escuela, mujeres bajando a los pilones con la ropa para lavar, vecinos acudiendo a misa y un Ayuntamiento que durante años administró un municipio con identidad propia. También hubo cárcel, porque El Arquillo no fue siempre el lugar casi vacío que conocemos hoy.
La despoblación comenzó a hacerse evidente en los años sesenta y fue llevándose poco a poco a las familias. Villa del Arco dejó de ser municipio independiente y en 1963 quedó integrado en Cañaveral. En 1960 todavía contaba con 36 habitantes; apenas tres años después quedaban once personas agrupadas en dos familias. Los vecinos recuerdan aquellos años y sitúan la llegada de la carretera entre los momentos que marcaron el cambio. Las nuevas comunicaciones acercaron el núcleo al exterior, pero también facilitaron una salida que para muchas familias ya no tendría vuelta atrás. El campo dejó de ofrecer las oportunidades de otras décadas y quienes habían vivido siempre en El Arquillo fueron marchándose en busca de trabajo y de una vida distinta.
Los pilones donde se lavaba y se aprendía a nadar
El agua ocupaba un lugar esencial en aquella vida. Los pilones servían para lavar la ropa, pero también eran espacios de encuentro y, durante los meses de calor, de baño. No pocos de quienes todavía conservan el vínculo con El Arquillo recuerdan que allí aprendieron a nadar. Hasta este enclave llegaban incluso mujeres desde Cañaveral para hacer la colada, según los relatos conservados por la Asociación de Amigos de Villa del Arco.
Aquellas escenas forman parte de una memoria que hoy resulta difícil de imaginar: los cestos de ropa, las conversaciones alrededor del agua y los niños convirtiendo los pilones en una improvisada piscina natural. El agua sigue estando allí, pero ya no reúne a las mismas personas ni cumple aquella función cotidiana que durante generaciones convirtió este lugar en uno de los centros de la vida del pueblo.
Una iglesia de colores encendidos
La iglesia de la Virgen del Rosario es uno de los pocos espacios que todavía mantienen una relación directa con quienes se marcharon. Aquí se celebran bodas, comuniones y otros acontecimientos familiares, y es también el lugar al que regresan muchos antiguos vecinos cuando vuelven a El Arquillo. Pero el templo guarda además una sorpresa que no se descubre desde el exterior.
Durante una restauración, al retirar las capas de pintura blanca aparecieron bajo ellas colores vivos que habían permanecido ocultos durante años. La decoración sorprendió por la intensidad de sus tonalidades y por una apariencia que recuerda, según quienes conocen el templo, a la de algunas iglesias de México o Colombia. En lugar de volver a cubrir aquellas pinturas, se decidió conservarlas, dejando a la vista un interior poco habitual para una pequeña iglesia extremeña.
El templo mantiene también la devoción a la Virgen del Rosario, conocida popularmente como la Maristela, un nombre ligado a la memoria local cuyo origen merece seguir rastreándose entre quienes conocen la historia del pueblo.
Una tradición que se niega a desaparecer
La iglesia es también el escenario de algunos de los momentos que mantienen vivo el vínculo con El Arquillo. Quienes nacieron aquí o descienden de sus antiguos habitantes siguen regresando para celebrar bodas, comuniones y reuniones familiares. No viven en el pueblo, pero continúan considerándolo suyo.
Esa relación se hace especialmente visible cada septiembre, cuando Villa del Arco celebra su tradicional fiesta de la sandía. Este año la cita será el domingo 13 de septiembre y volverá a reunir a antiguos vecinos, familiares y visitantes. La fruta da nombre a la celebración, pero lo que realmente consigue llenar de nuevo las calles es el reencuentro: personas que viven lejos regresan durante unas horas, abren sus casas, recuperan conversaciones pendientes y vuelven a compartir una tradición transmitida entre generaciones.
Es entonces cuando El Arquillo cambia de aspecto. El silencio habitual deja paso a las voces, la iglesia recupera su actividad y las calles vuelven a reconocer a quienes durante buena parte del año viven lejos.
El pueblo que permanece
De aquel antiguo municipio quedan las casas, los pilones, la iglesia y el recuerdo de una vida que terminó marchándose con sus habitantes. Queda también el antiguo Ayuntamiento y, sobre todo, una comunidad dispersa que se resiste a que la historia de El Arquillo termine con el último vecino que abandonó sus calles.
Porque la despoblación puede vaciar un padrón, cerrar una escuela o dejar sin uso un Ayuntamiento, pero no necesariamente consigue borrar la pertenencia. En Villa del Arco esa memoria sigue pasando de padres a hijos y encuentra cada año una fecha en el calendario para volver a hacerse visible.
El próximo 13 de septiembre, la sandía volverá a ser protagonista y los antiguos vecinos regresarán a la iglesia de la Virgen del Rosario. Durante unas horas, las casas abrirán sus puertas y las calles recuperarán las voces de quienes un día se marcharon.
El Arquillo no volverá a ser el pueblo que fue, pero cada septiembre demuestra que tampoco ha dejado de ser un pueblo.
