ESPECIE INVASORA

El gigante de los ríos que amenaza el equilibrio de las aguas extremeñas

El pez de agua dulce más grande de Europa está presente en ríos como el Tiétar y el Alagón y en embalses como Alcántara o Valdecañas

22 Julio 2026, 08:36 | Actualizado 22 Julio 2026, 08:50

El siluro se ha convertido en una de las especies que más preocupa a pescadores y gestores ambientales en Extremadura. Este pez invasor, capaz de alcanzar varios metros de longitud y superar los 100 kilos de peso, está presente en distintos ríos y embalses de la región, donde puede alterar el equilibrio de los ecosistemas acuáticos.

Su presencia se ha detectado en zonas como el río Tiétar, el Alagón y grandes masas de agua como los embalses de Alcántara o Valdecañas. Asociaciones de pescadores llevan años alertando de su expansión y del impacto que puede generar una especie que se sitúa en la parte alta de la cadena alimentaria y que cuenta con una enorme capacidad de adaptación.

Medio siglo en España

El siluro llegó a España en la década de los setenta de la mano de pescadores centroeuropeos que introdujeron ejemplares en la cuenca del Ebro con fines deportivos. Desde entonces, se ha extendido por numerosos ríos y embalses de la península, incluidos algunos sistemas fluviales extremeños.

Conocido también como pez gato, es el pez de agua dulce más grande de Europa. Puede alcanzar cerca de los tres metros de longitud y superar los 100 kilos de peso en algunos ejemplares. A su tamaño se suma una gran longevidad: puede vivir entre 30 y 40 años, lo que favorece que permanezca durante décadas en los lugares donde consigue asentarse.

Su capacidad reproductiva es otro de los factores que explican su expansión. Una hembra de siluro de unos 10 kilos puede producir ya miles de huevos en una sola puesta y, en los ejemplares adultos de mayor tamaño, esta cifra puede alcanzar hasta los 300.000 huevos. Esta elevada capacidad reproductora dificulta enormemente el control de sus poblaciones una vez que la especie consigue instalarse en un río o embalse.

Un gran depredador en nuestros ríos

El principal problema del siluro no está en su tamaño, sino en su papel dentro del ecosistema. Es un depredador oportunista que se alimenta principalmente de peces, aunque también puede consumir anfibios, crustáceos y otros animales cuando tiene oportunidad.

Su presencia puede suponer una amenaza para las especies autóctonas al competir por alimento y alterar las relaciones naturales entre los habitantes de los ríos. A ello se suma su capacidad para sobrevivir en ambientes muy diferentes, incluso en aguas con poca oxigenación o fondos fangosos, unas condiciones que favorecen su expansión.

En los últimos años, colectivos de pescadores han reclamado medidas de control ante el avance de esta especie y han advertido de los cambios que puede provocar en las poblaciones de peces tradicionales de los ríos extremeños.

La preocupación en el río Jerte

El siluro también ha generado inquietud en el entorno del río Jerte, donde los pescadores detectaron su presencia hace unos años. Desde entonces, los colectivos vinculados a la pesca han mostrado su preocupación por la posible afección sobre la fauna propia de este río y han reclamado actuaciones para evitar su expansión.

Aunque no existe una cifra oficial que permita conocer cuántos ejemplares de siluro hay actualmente en Extremadura, los especialistas utilizan indicadores como capturas, muestreos y zonas de presencia para seguir la evolución de una especie que ya está asentada en distintos puntos de la región.

Una especie bajo control

El siluro está incluido en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, por lo que su gestión está sometida a medidas específicas de control y a la normativa de pesca y protección ambiental vigente.

La normativa establece medidas para evitar su expansión y obliga a actuar sobre los ejemplares capturados, ya que su devolución al medio natural está prohibida.

El siluro se ha convertido así en uno de los grandes retos para la conservación de los ríos extremeños. Su tamaño, su longevidad y su capacidad de adaptación hacen que, una vez instalado en un ecosistema, su control resulte especialmente complicado. La clave ahora está en vigilar su expansión para proteger el equilibrio de unas aguas donde las especies autóctonas llevan miles de años formando parte del paisaje.