EMPRENDIMIENTO RURAL

El último bar de Santibáñez el Alto

En un pueblo de apenas 400 habitantes, el establecimiento de Mara es punto de encuentro, servicio, empleo y una pieza esencial de la vida cotidiana

Canal Extremadura En Extremadura y en buena parte de la España rural, los pequeños bares afrontan el impacto de la despoblación, el envejecimiento y la falta de relevo generacional

25 Agosto 2026, 09:22 | Actualizado 25 Agosto 2026, 10:16

En los pueblos pequeños hay costumbres que marcan las horas. El primer café, el chato de vino, la cerveza del mediodía o la tertulia en la que se hace balance del día... o del mundo.

Son negocios, sí. Pero también servicio, encuentros y compañía.

En Santibáñez el Alto queda uno. Es el último bar del pueblo. Cuando Mara y su familia llegaron hace cuatro años había tres. Hoy, detrás de esa barra, no solo se sirven bebidas o comidas. También se cruzan conversaciones y vivencias, se recibe al visitante y se mantiene encendida una parte de la comunidad del municipio.

Porque en un pueblo de apenas 400 habitantes, un bar puede ser muchas cosas a la vez, pero, sobre todo, es una puerta que se abre a diario. Mantenerla abierta es una responsabilidad que va más allá de las cuentas.

“Evidentemente, todo cansa. Hay días mejores y peores. Pero claro, si yo cierro... ¿quién da este servicio a los vecinos?”, se pregunta Mara.

La cuestión parece sencilla, pero dice mucho de lo que significa ser el último establecimiento de un municipio pequeño. Porque cuando desaparece el último bar no desaparece solamente un negocio. Desaparece un lugar de encuentro, una rutina y una parte de esa vida cotidiana que no aparece en las estadísticas.

Durante décadas, los bares de los pueblos han sido casi una extensión de sus calles. Aquí los clientes habituales tienen nombre, manías y hasta una bebida asociada. Se sabe quién viene por la mañana, quién se queda a comer y quién necesita que le guarden una mesa. Mara conoce bien a los suyos.

Pero la barra también mira hacia fuera. Hasta Santibáñez el Alto llegan visitantes que buscan conocer la Sierra de Gata y que traen consigo otras costumbres y necesidades. Hay quien no toma lácteos, quien es vegano o quien busca una determinada opción para comer. Y toca adaptarse.

Esa capacidad de adaptación también forma parte de la supervivencia de un negocio rural.

Cuando Mara llegó desde Madrid junto a su familia, buscaba otra forma de vida. Su hijo tenía problemas respiratorios y decidieron probar suerte en un entorno diferente, más tranquilo y más cercano a la naturaleza.

Cuatro años después, el bar no solo les permite vivir. También ha generado la necesidad de contratar a más personas.

“Me da para salir adelante y, encima, con calidad de vida. No solo tengo un trabajo, sino la oportunidad de pasar tiempo con los míos. Eso no se paga”, dice Mara.

En Extremadura y en buena parte de la España rural, los pequeños bares afrontan el impacto de la despoblación, el envejecimiento y la falta de relevo generacional. Al mismo tiempo, se ha producido un fenómeno aparentemente contrario: algunos municipios consiguen atraer visitantes gracias a restaurantes de alta gastronomía y proyectos reconocidos internacionalmente. Son dos realidades que conviven en nuestros pueblos. En Extremadura tienen nombres como Versátil, en Zarza de Granadilla; Atrio, en Cáceres; o Villa Xarahiz, en Jaraíz de la Vera, entre otros proyectos que han puesto el foco gastronómico sobre pequeños municipios y territorios rurales.

Mara llegó a Santibáñez el Alto buscando una oportunidad para su familia y terminó formando parte de la vida de la localidad. Ahora su historia ya no es solo suya. Es también la de un pueblo que todavía tiene una puerta que se abre cada mañana, un sitio donde sentarse, hablar, encontrarse y sentirse un poco más en comunidad.