HISTORIA

La epidemia que desató el fervor por la Virgen de la Montaña en Cáceres

En 1664, la peste llegó a la villa con un grupo de soldados que regresaba del frente portugués, causando cientos de muertes y dando origen a una tradición que todavía hoy permanece viva

Imagen generada con IA El médico Bartolomé Sánchez ordenó aislar a los soldados infectados y cerrar dos de las puertas de la ciudad, pero la epidemia acabó causando más de 400 muertes

29 Julio 2026, 10:48 | Actualizado 29 Julio 2026, 11:22

La historia de la Virgen de la Montaña no puede entenderse sin uno de los episodios más trágicos que vivió Cáceres en el siglo XVII. Una devastadora epidemia de peste, que según las crónicas llegó de la mano de soldados procedentes del frente de guerra con Portugal, sembró el miedo entre la población y acabó convirtiendo a la imagen mariana en el gran símbolo de protección de la ciudad.

La peste llegó tras la guerra con Portugal

El verano de 1664 estuvo marcado por el regreso de tropas castellanas que combatían en la fase final de la Guerra de Restauración Portuguesa. Después del desastre militar sufrido frente al ejército portugués en la batalla de Villaviciosa, un tercio de infantería llegó a Cáceres durante su camino de regreso.

Entre aquellos militares viajaban veinticinco soldados infectados de peste. El médico principal de la villa, Bartolomé Sánchez, comprendió de inmediato el peligro y ordenó su ingreso en el Hospital de la Piedad, edificio que siglos más tarde se convertiría en la sede de la Real Audiencia de Extremadura. Además, solicitó cerrar las puertas de la Consolación y Barrionuevo, dos de los accesos a la ciudad. La medida no buscaba impedir nuevas entradas, sino evitar que los propios vecinos salieran y propagaran la enfermedad a otras poblaciones.

Más de cuatrocientos vecinos fallecidos

Las medidas de aislamiento resultaron insuficientes. La peste terminó extendiéndose por prácticamente toda la villa y las consecuencias fueron devastadoras. Las crónicas de la época hablan de más de cuatrocientos vecinos fallecidos durante aquel año. Tampoco escaparon los soldados alojados en la zona del Camino Llano y en las inmediaciones de la ermita de San Antón, donde la epidemia acabó con la vida de 438 militares.

Solo algunos colectivos consiguieron librarse del contagio. Según relatan los documentos históricos, las monjas y los dominicos no enfermaron, una circunstancia atribuida a que permanecieron recluidos en sus respectivos conventos sin abandonarlos para atender a los enfermos.

Cuando la medicina dejó paso a la fe

Con los médicos incapaces de contener la epidemia, el miedo llevó a muchos vecinos a buscar ayuda donde creían que aún quedaba esperanza. Algunos recurrieron a curanderos y remedios populares, mientras que las autoridades civiles y religiosas decidieron encomendar la ciudad a una imagen que ya gozaba de una creciente devoción.

Se trataba de la Virgen de la Encarnación y Montserrat, conocida ya entonces como Virgen de la Montaña, cuya ermita se levantaba en la Sierra de la Mosca. La tradición le atribuía la intercesión en el final de la gran sequía de 1641 y en una epidemia anterior registrada entre 1649 y 1651.

El primer descenso de la Virgen

Ante la gravedad de la situación, el Ayuntamiento pidió a la cofradía que la imagen descendiera desde su ermita hasta la ciudad. La Virgen fue trasladada en procesión hasta la iglesia de Santa María, donde se celebró un novenario para pedir el fin de la epidemia.

Aquella decisión marcó el inicio de una costumbre que todavía hoy permanece viva: bajar la imagen de la Virgen de la Montaña a Cáceres en momentos de especial necesidad para la ciudad.

Un manuscrito del siglo XVII, Libro de algunos casos dignos de notar que han acaecido desde el año de (16)32 en la noble y muy leal villa de Cáceres, escrito por Bartolomé Sánchez Rodríguez, recoge que tras aquellas rogativas la peste comenzó a desaparecer.

El nacimiento de un fervor que perdura

La tradición popular atribuyó el final de la epidemia a la intercesión de la Virgen de la Montaña. Aquella creencia hizo que la devoción hacia la imagen creciera de forma extraordinaria hasta convertirla en la gran protectora de Cáceres y en uno de los principales símbolos de identidad de la ciudad.

Más de tres siglos después, miles de personas siguen acompañando cada año su tradicional bajada desde el santuario hasta el casco histórico, una celebración cuyo origen se encuentra en aquellos días de miedo e incertidumbre que marcaron para siempre la historia cacereña.