Los ojeos de perdiz forman parte de la tradición cinegética española desde hace generaciones. Esta modalidad colectiva, perfectamente coordinada, tiene a la perdiz roja como su gran protagonista y símbolo de la caza menor. En cada jornada participan tiradores, ojeadores, perros de cobro y un equipo humano que hace posible la organización, tal y como se aprecia en este reportaje. Una actividad que, además, impulsa la economía local y ofrece oportunidades de trabajo en muchos pueblos.
Gracias a los ojeos, numerosas fincas cinegéticas se mantienen activas y se conservan paisajes característicos del monte bajo y la dehesa. Alrededor de esta modalidad se genera una demanda constante de servicios rurales: hospedaje, transporte, restauración y guías especializados, lo que ayuda a dinamizar la vida en las zonas más despobladas.
Por otro lado, el ojeo requiere una gestión rigurosa de las poblaciones de perdiz roja, promoviendo el equilibrio y la sostenibilidad. Esta planificación garantiza que la especie y su hábitat sigan prosperando, permitiendo que esta tradición siga siendo compatible con la conservación del entorno natural.