En Mérida hay historias que no salen de los monumentos romanos ni de los festivales… sino de la naturaleza. Y una de las más comentadas tiene nombre propio: Pichi, un gallo que ha pasado de “pollino de feria” a convertirse en la mascota no oficial de Jenny… y casi de toda la ciudad.
Pichi llegó desde la feria de Zafra siendo apenas un pollito despistado, con más curiosidad que plumaje. Lo que nadie imaginaba es que acabaría instalándose en el día a día de un barrio entero. En el corral de casa, las gallinas no tardaron en dejar claro que aquello no era precisamente amor a primera vista. Ni liderazgo, ni respeto jerárquico aviar: rechazo directo.
Así que Pichi hizo lo que haría cualquier superviviente urbano con plumas: adaptarse. Y empezó su particular reinado de “mascota de andar por casa… y por la calle”.
Durante más de dos años y cinco meses, se intentó que viviera en el campo con otros animales. Pero la convivencia no funcionó. El problema no era el espacio, sino la química: Así que Jenny lo adoptó oficialmente como compañero de vida, y el barrio lo hizo suyo casi sin darse cuenta. Pichi ya no es solo un gallo: es rutina, es presencia, es personaje.
Sólo hay un pero: sus cantos matutinos. Un despertador biológico, insistente y sin botón de repetición, que divide opiniones entre vecinos, simpatía y resignación.