Aquí comienza el lance: la fuerza de las rehalas en la sierra
Hay un instante en la montería en el que todo cambia sin previo aviso. El monte, que hasta entonces parecía inmóvil, se rompe en mil sonidos cuando las rehalas pisan tierra. Los perros no salen, irrumpen; no corren, se derraman ladera abajo como un impulso contenido durante horas. Sus voces se expanden entre las jaras y anuncian que la calma ha terminado.
Ese momento no se improvisa. Es la culminación de una forma de vida. Detrás de cada rehala hay disciplina, conocimiento del campo y una conexión profunda entre el rehalero y sus perros. No es solo caza, es tradición viva. Son ellos quienes ponen en movimiento la sierra, quienes obligan a las reses a abandonar la seguridad de sus encames y a enfrentarse al terreno y a su destino.
En estas sierras, el muflón juega con ventaja cuando siente la presión. No huye sin rumbo; elige. Busca altura, roca, desnivel. Se pega a los canchales, se mueve por donde el suelo se rompe y el acceso se complica. Allí convierte la huida en estrategia, utilizando el terreno como escudo y demostrando que en su mundo, el equilibrio y la inteligencia valen tanto como la velocidad.