Con los perros ya sueltos, el silencio del monte se quiebra de golpe. Las rehalas avanzan dentro de la mancha y el sonido rítmico de los collares se funde con las primeras ladras. Las reses, sorprendidas por la irrupción, vacilan apenas unos segundos antes de emprender la carrera. En los puestos, los monteros se concentran, atentos a cada ruido, mientras el monte cobra vida por sectores al empuje constante de los perros.
Un venado se separa del grupo buscando una salida clara. Todo sucede en un instante y el pulso se acelera. La montería ya ha comenzado de verdad y el montero, inmóvil y en silencio, aguarda el momento decisivo. El arranque deja un gran lance para Juan, que abre la jornada con acierto en medio de una rivalidad implícita entre jóvenes y veteranos por demostrar quién tiene más fortuna.
Dos venados de gran porte caen en los primeros compases, captados con precisión tanto desde tierra como desde el aire. No es casualidad: los grandes machos suelen moverse protegidos en el centro de los grupos, una estrategia fruto de los años y de un instinto de supervivencia afinado por la experiencia.