El campeonato arranca con el gesto simbólico que marca el inicio de la final y pone a todos los participantes en marcha. Desde ese instante, la competición entra en una fase decisiva donde cada detalle cuenta y el nivel de exigencia se eleva al máximo. El ambiente es de máxima concentración, consciente de que se trata de una prueba donde solo los mejores saben mantener la regularidad hasta el final.
El terreno de juego se extiende por amplias llanuras características de la caza menor, combinando monte bajo, zonas de cultivo, barbechos y cursos de agua que estructuran el paisaje. Las condiciones del campo, influenciadas por las lluvias recientes, añaden un plus de dificultad, con suelos pesados que castigan el físico y ponen a prueba la preparación tanto de perros como de cazadores. A medida que avanzan las horas, el desgaste se hace evidente.
La perdiz, protagonista indiscutible del campeonato, se muestra especialmente esquiva en este escenario. El viento y la humedad complican el trabajo, borrando rastros y dispersando emanaciones, lo que obliga a un esfuerzo constante y meticuloso. Aquí no hay espacio para la improvisación: el éxito depende de la experiencia, la resistencia y un profundo conocimiento del campo, en una competición donde la constancia pesa más que la fortuna.