En las calles empedradas de Cáceres aún se susurra la historia de Frasco Higuero, un joven que enamoró no solo a las damas de la villa con su porte y su voz, sino también al corazón de los que recuerdan un amor que desafiaba a la muerte.
Según relataba la señora Rosalía de Guijo, “si dos almas se han escogido con suficiente intensidad, no hay lápida que logre convencerlas para que se separen”. Y pocas historias encarnan esta frase con tanta intensidad como la de Frasco Higuero.
Era el alma de las fiestas, carismático y talentoso, cuya voz podía conmover a cualquiera. Su vida cambió al cruzarse con una joven viuda de la que se enamoró perdidamente. Sin embargo, el destino fue cruel: ella murió y su partida sumió a Frasco en un dolor tan profundo que apenas podía sostenerse.
Desesperado y consumido por la pena, se decía que cada noche saltaba la tapia del cementerio y, al pie del túmulo de su amada, le ofrecía canciones. La intensidad de su sentimiento era tal que, aseguran, su amada volvía del otro mundo para acompañarle. Las autoridades, preocupadas por su seguridad y por el respeto al camposanto y a los vecinos, le prohibieron acudir al lugar.
La leyenda de Frasco Higuero ha trascendido generaciones. Todavía en la capital se entona un tema que rememora aquella gesta
“los angelitos se asoman a las ventanas del cielo
y enmudecen cuanto canta Frasco Higuero”.
Una historia que quedó como testimonio de un amor que ni la muerte pudo disipar.