En Ahigal hubo un sol que no era sol. Un ojo que miraba desde lo alto de una bóveda y que durante siglos protegió al pueblo del miedo, de la oscuridad y de lo inexplicable. Hoy ya no está. Fue eliminado en 1989. Pero su recuerdo —y la leyenda que lo rodea— sigue vivo en la memoria colectiva como uno de los relatos más misteriosos del norte de Extremadura.
En el centro de la bóveda de la ermita de Santa Marina se conservaban hasta finales del siglo XX los restos de un fresco del siglo XVIII. Representaba una figura luminosa, circular, extraña. No parecía un sol, al menos no uno convencional. En Ahigal siempre se le conoció como el Ojo de Santa Lucía. No era una simple decoración religiosa. Para los vecinos, aquel ojo pintado vigilaba, protegía y recordaba un antiguo milagro. Su desaparición supuso algo más que la pérdida de una pintura: fue el borrado físico de una de las leyendas más inquietantes del pueblo.
La tradición oral cuenta que, en una época remota, Ahigal quedó sumido en tinieblas durante varios días. El sol no salía. El cielo permanecía cerrado, oscuro, como si el mundo se hubiera detenido. El miedo se apoderó del pueblo. Las mujeres y los niños lloraban convencidos de que había llegado el fin. Los hombres, incapaces de ocultar su desesperación, llenaban la iglesia implorando perdón y clemencia. Solo una anciana permanecía serena.Aseguró que Santa Lucía, de la que era gran devota, se le había aparecido en sueños mostrándole su martirio y prometiéndole protección. La anciana pidió al pueblo que se encomendara a la santa. Y entonces ocurrió.Sobre el cielo oscuro apareció un enorme ojo de luz. Una claridad intensa que todo lo iluminó de golpe y devolvió el día al pueblo. Los vecinos no dudaron: aquello era el Ojo de Santa Lucía. En agradecimiento, decidieron perpetuar el milagro. Mandaron pintar aquel extraño sol en la cúpula de la ermita y adquirieron una imagen de la santa para venerarla junto a Santa Marina.
La tradición, sin embargo, no encaja del todo con los datos históricos. Santa Lucía tuvo su propio altar en la iglesia gracias a una capellanía fundada por una mujer llamada Lucía Pérez. Tras la desaparición de esa capellanía, la imagen de la santa fue trasladada a la ermita de Santa Marina.
Pero las leyendas rara vez necesitan documentos para sobrevivir. El misterio se alimentó durante los primeros años del siglo XX. Cada noche, en la víspera de Santa Lucía, algunos vecinos aseguraban ver una extraña luz en lo alto de Las Cabecillas. Decían que era una enorme farola de aceite sostenida en la punta de una pértiga por un personaje gigantesco, envuelto en una anguarina, que caminaba lentamente por los cerros. Nadie se atrevía a acercarse. El miedo era tan real como el silencio.Con el tiempo, el gigante desapareció de Las Cabecillas, aunque hubo quien afirmó verlo por los alrededores del pozo Pichichi, en Las Cabezas. Un cabrero aseguró habérselo encontrado en plena noche. El susto fue tal que perdió el habla.
El ojo de Santa Lucía ya no observa desde la bóveda de la ermita. Fue eliminado sin contemplaciones en 1989, llevándose consigo siglos de creencias, temores y relatos transmitidos de generación en generación. Pero hay ojos que no necesitan pintura para seguir mirando. Mientras alguien recuerde aquella luz imposible, aquel sol que no era sol, el Ojo de Santa Lucía seguirá abierto en la historia secreta de Ahigal.