En la comarca de Las Hurdes, las leyendas populares se entrelazan con la vida cotidiana. Entre estas historias, la figura de Santa Lucía destaca por su carácter misterioso y su conexión con la naturaleza y el clima: en la zona se la conoce como la Titiritaña.
En la alquería de Rubiaco cuentan que existió una mujer hermosa, que caminaba siempre descalza, cuyos ojos no tenían pupilas ni iris, sino que sus cuencas estaban vacías. Una presencia inquietante y a la vez fascinante: pese a su aparente fragilidad y ceguera, poseía un don extraordinario. Los lugareños aseguran que podía espantar ventiscas y heladas, pues el calor que emanaba de su cuerpo era suficiente para calentar el frío que azotaba la comarca.
La historia de la Titiritaña no solo habla de miedo o respeto, sino también de la relación del hombre hurdanense con el clima y con el entorno natural, un vínculo imprescindible en una tierra donde las estaciones duras podían marcar la diferencia entre la supervivencia y la escasez. En este sentido, Santa Lucía se convierte en un símbolo: la fuerza invisible que protege y da vida, un recordatorio de que incluso lo que parece frágil puede tener un poder enorme. Y es que nada en el calendario es ocioso.
Hoy, la leyenda sigue viva. Algunos dicen que en las noches más frías de invierno, si uno se adentra en los bosques de Rubiaco, puede sentir un calor inesperado que rompe la helada, un susurro de la Titiritaña que recuerda la magia de la comarca y sus relatos.