La leyenda cuenta que, hace generaciones, una figura ensotanada empezó a aparecer por las calles del casco antiguo de Barcarrota. Salía de una calle y desaparecía por otra, dejando un rastro de miedo. Los vecinos, aterrados, dejaron de salir al caer el sol y, ante la incertidumbre, incluso amenazaron con deponer al alcalde si no se resolvía el misterio.
El edil, decidido a enfrentar la situación, se personó en la plaza y se encontró con la figura espectral. Creyendo que solucionaría el misterio, le propinó dos disparos. Pero el horror lo alcanzó de inmediato: al acercarse, descubrió que no era un fantasma, sino su propia hija. Al parecer, la joven, envuelta en una relación impropia para la época con un chico de escasa posición social, acudía a las citas cubierta con una sábana para que nadie la reconociera.
Desde entonces, la Plaza del Altozano quedó marcada por esta tragedia. La figura ensotanada, que alguna vez fue interpretada como un espectro, quedó grabada en la memoria del pueblo como un recordatorio de amor prohibido, tragedia familiar y la fragilidad de la vida. En medio de la plaza, una cruz sobre una fuente del siglo XVII es interpretada por la tradición local como un memorial de aquel suceso, aunque no hay constancia documental que fije fecha o nombres.
Hoy, al pasear por sus calles, algunos aseguran percibir todavía la presencia de aquel espíritu, no para aterrorizar, sino como un eco de un amor que la muerte no pudo borrar, un recuerdo que habla de pasión, pérdida y eternidad.