Es uno de los pocos pozos públicos que aún se conservan en Ahigal. Se encuentra en un paraje pedregoso desde el que se divisa el meandro del río Palomero, un enclave de gran valor paisajístico que guarda, además, una de las leyendas más evocadoras del municipio.
Según la tradición oral, el origen de su enigmático nombre está ligado a una historia de amor y tragedia. Cada atardecer, un joven próximo a contraer matrimonio acudía al lugar para esperar a su prometida, una joven que pastoreaba cabras en las inmediaciones. Al encontrarse, ambos solían regresar juntos para ayudar a encerrar el rebaño en el corral.
Sin embargo, una tarde la espera se vio truncada por unos gritos de auxilio. El joven reconoció en ellos la voz de su amada y corrió desesperado en su busca. Aunque intentó socorrerla, solo pudo recuperar su cuerpo sin vida.
Desde aquel día, el muchacho no se separó del peñasco desde el que había escuchado por última vez la voz de su prometida. Permanecía allí, abatido, derramando lágrimas sin consuelo. Cuentan que cada tarde revivía los gritos de auxilio hasta que, finalmente, decidió seguirla en su destino.
Quienes lo encontraron después comprobaron que el llanto incesante había llegado a horadar la piedra sobre la que se sentaba y formando un pozo al que decidieron llamar el Pozo del Magdaleno, nombre que, por evolución popular en la pronunciación, terminó derivando en “El Maleno”.
Hoy, la tradición asegura que sus aguas conservan un sabor ligeramente salobre, como si aún guardaran el eco de aquellas lágrimas que, según la leyenda, dieron origen al lugar.