El tiempo de los Jáncanos y Pelijáncanus hurdanos
Viernes, 27 Febrero 2026

Antes de que existieran las reglas, antes de que el mundo se midiera en centímetros, hubo un tiempo en que todo se calculaba de otra manera. En miedo, en maravilla y en tamaño.

Cuando el ser humano primitivo se enfrentaba a piedras que no podía mover, a murallas que no podía explicar, no pensaba en ingeniería ni en miles de manos trabajando juntas. Pensaba en algo más grande que él, en alguien que había podido hacerlo, y así nacieron los gigantes. No como monstruos, sino como un atajo mental a un mundo incomprensible, una forma de dialogar con lo que la razón aún no podía entender.

En las remotas montañas de Las Hurdes, estos gigantes tienen nombre: los jáncanos. Siete hermanos engendrados entre un pastor y una osa, amamantados por una vaca que no podía satisfacer sus necesidades, se convirtieron en los guardianes de lo imposible, los dueños de territorios donde la realidad se desdibuja y el mito comienza. Su estrecha relación con los lobos los convierte en seres a la vez temidos y venerados, y se dice que el más fiero habitaba en El Frontal de la Nebrera, un lugar envuelto en niebla y misterio, que recuerda a los relatos de Ulises y su encuentro con el cíclope: ese mismo miedo primitivo que lleva al hombre a imaginar lo inimaginable.

Pero los jáncanos no estaban solos. Entre las leyendas hurdanas surge también el Pelijáncanu, un ser similar pero aún más extraño: calvo, enorme, con un solo pelo que concentra su fuerza descomunal. Ambos, jáncanos y pelijáncanos, son figuras que atraviesan la frontera entre lo natural y lo sobrenatural, recordándonos que en este territorio fronterizo, la realidad y el mito no se distinguen.

A través de los siglos, estas criaturas han sido mucho más que historias para asustar a los niños: son una metáfora del miedo y la fascinación que sentimos ante lo que no podemos comprender, un recordatorio de que a veces los gigantes nacen de la necesidad de explicar lo inexplicable. Y hoy, sus nombres siguen resonando en la memoria colectiva de Las Hurdes, en cuentos, carnavales y susurros entre la niebla de la montaña.