Muchas historias geniales arrancan en una cochera. Y la de Sanguijuelas del Guadiana no es una excepción. En un pueblo que resiste a la música predecible, en Casas de Don Pedro, donde la identidad se mezcla con lo cotidiano como una pócima hecha de raíces y corazón.
Son hijos de su tierra, de su gente y de su forma de vivir. En sus canciones hay verdad: la de quienes han crecido entre calles conocidas, amistades de toda la vida y experiencias compartidas. Su música no es impostada, nace de lo que sienten y de lo que han vivido. Por eso conecta.
La banda se formó en 2010, casi sin pretenderlo. “Un día, en lugar de ir a misa, nos vinimos a la cochera y empezamos a hacer música”. Así, con naturalidad, comenzó todo. Eran compañeros de colegio, amigos antes que músicos, y ese vínculo sigue siendo el motor que los mantiene unidos.
Cada uno encontró su sitio desde muy pronto. Víctor ya destacaba con el saxofón, mostrando una sensibilidad especial desde pequeño. Juan aportaba ese carácter desenfadado, el más alocado, el que siempre empuja a ir un paso más allá. Y Carlos, a la batería, se convirtió en una pieza clave: el más joven, pero también el más responsable e introvertido, sosteniendo el pulso rítmico de la banda.
Pero como en tantas historias musicales, hubo un punto de inflexión. Un referente claro que encendió la chispa definitiva: Robe y Extremoduro. Su música les abrió una puerta, les hizo ver que era posible contar lo propio sin filtros, sin artificios, con crudeza y poesía al mismo tiempo. Ese impulso fue determinante para decidir que aquello que había empezado como un juego en una cochera podía convertirse en algo mucho más grande.
Hoy, Sanguijuelas del Guadiana siguen fieles a ese origen. Sin perder la esencia, sin olvidar de dónde vienen. Porque, al final, su mayor fortaleza es precisamente esa: ser auténticos, ser pueblo, ser verdad.