FESTIVAL DE MÉRIDA

Las hijas de la memoria contra la máquina: las nueve musas toman tierra

De Clío a Urania, el cierre del Festival de Mérida reúne a nueve actrices en un alegato musical donde el arte y la duda humana se rebelan frente al cálculo algorítmico.

 

Extremadura
Jero Morales / Festival de Mérida

Jero Morales / Festival de Mérida Jero Morales / Festival de Mérida

26 Agosto 2026, 10:59 | Actualizado 26 Agosto 2026, 11:42

Llevamos toda la vida preguntándonos, desde que en la escuela nos tropezamos por primera vez con la palabra mnemotécnica, por qué demonios hay una m muda estorbando. La respuesta es mitológica: Mnemósine, la personificación titánica de la Memoria. Para los griegos antiguos, la inspiración jamás fue una ocurrencia espontánea caída del cielo ni un chispazo de genialidad individual, sino una hija directa del recuerdo. Nueve noches consecutivas yace Zeus con la Memoria en Pieria para engendrar a las nueve hermanas; porque crear no es inventar de la nada, sino saber recordar quiénes somos antes de que el poder o la prisa nos borren el rastro.

Fueron Hesíodo y la posterior tradición helenística quienes se encargaron de catalogarlas y ponerles nombre propio, repartiendo las ramas del saber como quien parcela un territorio para que nada escape a la comprensión humana. Sin embargo, en un presente donde pretendemos externalizar el pensamiento en servidores remotos y convertir cualquier emoción en un producto tasable, aquellas nueve guardianas han dejado de ser figuras de mármol decorativo. El estreno de Las 9 musas llega precisamente al teatro romano de Mérida del 26 al 30 de agosto para hacer la única pregunta que hoy resulta incómoda: ¿qué hicimos con el logos y con el arte cuando decidimos medir la vida exclusivamente por su rentabilidad?

Jero Morales / Festival de Mérida

 

La dramaturgia original planta a las nueve divinidades en la arena emeritense para ajustar cuentas con su propia genealogía. Y lo hace otorgando a cada actriz un territorio sonoro y vital que dialoga con su atributo clásico. Carmen Conesa se viste de Clío para recordarnos que la historia no es un archivo neutro de batallas, sino una herida cantada a ritmo de soul y blues; mientras Andrea Guasch asume a Calíope, la voz principal de la épica y la elocuencia, empuñando la palabra mediante la cadencia afilada del rap y el spoken word. Frente a ellas, la máscara trágica de Melpómene encuentra en Noemí Gallego un lamento de sonoridades oscuras, en violento contraste con la socarronería festiva de Angy Fernández, que convierte la comedia pastoral de Talía en un estallido de electro-pop.

El fresco mitológico se ensancha cuando el cuerpo y el cosmos reclaman su sitio en el debate. La danza sagrada de Terpsícore muta en los pies de Míriam Queba en un pulso implacable de techno, arrancando al movimiento de cualquier corsé académico; al tiempo que Clara Alvarado despoja a Erato de la cursilería para devolverle a la elegía y a la lírica amorosa su condición de deseo carnal y provocación desde el cabaret. La música pura de Euterpe recae en el virtuosismo vocal de Nerea Rodríguez; la introspección mística de Polimnia se eleva con Erika Bleda en cadencias de gospel, y la mirada celeste de Urania se proyecta en María Pascual como un paisaje electrónico que hermana la astronomía con el desconcierto humano.

 

Jero Morales / Festival de Mérida

 

Hay en este reparto coral una voluntad explícita de impugnar la mirada masculina que construyó los mitos clásicos y relegó durante siglos a las mujeres creadoras a la condición de meros objetos pasivos de inspiración. Aquí las musas no inspiran a ningún poeta consagrado: toman el micrófono, discuten entre ellas y se rebelan contra la tiranía del Olimpo. Comprenden, además, una verdad esencial que la especialización moderna suele olvidar: que la ciencia de Urania no funciona sin la memoria de Clío, y que la risa de Talía es estéril si no conoce el abismo de Melpómene. Ningún saber basta por sí solo si se desgaja de la comunidad.

Respaldadas por una banda de cuatro músicas en irecto y una escenografía que recrea las ruinas de un museo contemporáneo, esta coproducción de El Negrito Producciones asume la responsabilidad de clausurar la 72ª edición del certamen a las 22:45 horas. Es una apuesta de autoría y factura regional que se atreve a llevar el teatro musical a un escenario milenario sin complejos elitistas, buscando interpelar a una generación que convive a diario con pantallas pero sigue necesitando el temblor de la escena.

Frente a la tentación contemporánea de encargarle la sensibilidad a una máquina para ahorrarnos la fatiga de sentir, la obra deja en el aire una advertencia insoslayable. La inteligencia artificial podrá emular la métrica, predecir el acorde y ensamblar millones de datos en un segundo, pero jamás sabrá lo que significa dudar, sangrar o equivocarse sobre un escenario. Si el teatro sigue en pie después de veinticinco siglos es porque constituye el último reducto donde la presencia física y la fragilidad compartida entre semejantes no admiten sustituto.