UNA JOYA INESPERADA
La lámpara de la Catedral de Badajoz guarda un secreto de hace 160 años
Pesa más de tres toneladas, mide siete metros y tiene 102 brazos. Su origen se remonta a 1865 y está ligado a uno de los edificios más importantes de Madrid.
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Cuando alguien entra en la Catedral de Badajoz su primera admiración va hacia ella. 3500 kilos de peso, siete metros de longitud, cuatro de diámetro y 102 brazos convierten a la gran lámpara que cuelga en el centro del templo en una pieza extraordinaria.
Su historia comienza en 1865, lejos de Badajoz, cuando fue realizada para un destino muy diferente al que finalmente acabaría teniendo.
Durante años permaneció desmontada y almacenada. La monumental estructura no encontraba fácilmente un lugar donde instalarse, mientras distintas instituciones llegaron a interesarse por ella. Y fue precisamente en ese contexto cuando apareció en escena un político extremeño que tendría un papel decisivo en su futuro.
En 1878, Adelardo López de Ayala, escritor y diputado por Badajoz, ocupaba la presidencia del Congreso de los Diputados. En un paseo casual por las dependencias de la institución, descubrió esta joya, desahuciada por su peso en un almacén y ese mismo año iniciaría las gestiones que terminarían por llevarla hasta la capital pacense.
El 14 de julio de 1878 se aprobó oficialmente su cesión a Badajoz y, semanas después, López de Ayala ordenó que se procediera a la entrega. La lámpara fue desmontada y embalada en numerosos cajones para emprender el viaje hasta Extremadura.
En 1879 llegó a la Catedral de Badajoz. Desde entonces, aquella estructura monumental quedó suspendida sobre el espacio central del templo, convertida en uno de sus elementos más llamativos.
Y basta observarla con detenimiento para descubrir que tampoco fue diseñada pensando en una iglesia. Escudos, motivos heráldicos y elementos vinculados a la monarquía y al Estado recuerdan el lugar para el que fue concebida originalmente.
Hoy forma parte del paisaje de la Catedral y puede parecer que siempre estuvo allí. Pero basta conocer su historia para descubrir que su viaje hasta Badajoz fue, en realidad, bastante más sorprendente de lo que podría imaginarse al entrar en el templo.