La noche del Miércoles Santo dejó en Cáceres una de esas imágenes que se quedan grabadas. La ciudad monumental, abarrotada, guardó silencio cuando se abrieron las puertas de la Concatedral de Santa María y apareció el Cristo Negro. No hubo aplausos. No hizo falta. Solo el sonido seco del tambor y el tintineo de la esquila rompían el aire mientras la talla, datada en el siglo XIV, comenzaba a avanzar lentamente entre la penumbra.
El momento, uno de los más esperados de la Semana Santa cacereña, volvió a reunir a miles de personas que llenaron las calles del casco histórico. Antorchas en alto, rostros serios y una sensación compartida de respeto acompañaron el recorrido por las estrechas callejuelas. La emoción creció aún más con la saeta. La voz de Perico de la Paula rasgó el silencio para recibir al Cristo Negro, siguiendo una tradición familiar que ya emocionó durante años con su padre, Juan Corrales.
Fue uno de esos instantes en los que todo se detiene. Solo la música, la oscuridad y la imagen avanzando entre sombras.
Este año, además, la procesión tenía un significado especial: se cumplen 40 años de la refundación de la cofradía, una hermandad que en los años ochenta rompió moldes y que hoy es ya uno de los grandes símbolos de la Semana Santa de Cáceres.