FESTIVAL DE MÉRIDA
El cuerpo que nos enseñaron a temer
Antes de que el Senado romano prohibiera las Bacanales, alguien tuvo que enseñarnos primero a avergonzarnos de bailar. Bacanal, en el Teatro Romano de Mérida, vuelve sobre esa herida.
Hay una escena que se repite en todas las bodas, en todas las verbenas, en todos los cumpleaños: alguien baila con los brazos levantados, girando, sin mirar a nadie, y otra persona —con cariño, casi siempre con cariño, pero también con miedo— se le acerca y le dice que así no, que se calme, que la gente mira.
Yo creo que el perreo nació como reacción a todo eso: vamos a ser excesivos, sexuales, voluptuosos. Y que miren.
Ese tirón de brazo tiene una genealogía muy larga, y una parte de ella tiene nombre propio. Ágave, Autónoe e Ino eran tías de Dioniso —hijas de Cadmo, hermanas de Sémele, la madre fulminada por mirar de frente al dios—, y cuando su sobrino volvió a Tebas exigiendo que se le reconociera como divino, ellas lo negaron. El castigo no fue una mano en el brazo. Fue la locura báquica en el monte Citerón, y al final del rito, sin saberlo, despedazaron con sus propias manos a Penteo, el rey que había prohibido el culto. Ágave volvió a la ciudad exhibiendo la cabeza de su hijo en la punta de un tirso, convencida de que era un trofeo de caza.

Eso es mito. Pero hubo también una versión con nombre, apellido y fecha exacta. En el año 186 antes de nuestra era, el Senado romano promulgó un decreto —lo tienen esculpido en una tabla de bronce, hoy en un museo— prohibiendo las Bacanales. Hubo una sacerdotisa, Paculla Annia, que se atrevió a abrir el culto a los hombres y a multiplicar los ritos. Hubo una liberta, Hispala Fecenia, que había sido iniciada de joven y que acabó denunciándolo todo ante el cónsul, aterrada, no se sabe bien si por los dioses o por los hombres. Y hubo, sobre todo, un Estado que decidió que el cuerpo colectivo, descontrolado, nocturno, mixto en género y clase, era una amenaza que había que atajar. Y así, luego, lo cuenta siempre Jorge Drexler en una canción de ese disco festivo que se llama Taracá: "Ante la duda, baila".
Se aprende que el cuerpo entusiasmado da miedo mucho antes de saber por qué. Y se aprende de la gente que nos quiere, que no nos haría daño por nada del mundo: ese es el veneno más eficaz que existe, el que se administra con cariño. El que te enseña que hay ciertas actuaciones que van a recibir castigo social.
Bacanal, la pieza de Chevi Muraday y Juan Carlos Rubio que sube estos días al Teatro Romano de Mérida, hace exactamente lo que ese tirón de brazo lleva siglos impidiendo: volver a la pista de baile sin que nadie lo impida. Convoca a Dioniso y a Baco, al mito y al decreto, a Carlos Hipólito y a Juana y Toni Acosta y a más de una decena de cuerpos, para preguntar en voz alta lo que casi nunca se pregunta en voz alta: ¿por qué aprendimos a tenerle miedo a esto?
No hay respuesta fácil. Hay, eso sí, una sospecha: que el miedo nunca fue al cuerpo. Fue a lo que el cuerpo, suelto, es capaz de hacer sin pedir permiso.