FESTIVAL DE MÉRIDA
David Mamet o la arquitectura de la humillación: un ajuste de cuentas con el teatro y el ego
David Mamet cambió el cinismo del libre mercado por la fe y la farsa de togas para recordarnos, entre risas y miserias de cómicos, que no somos tan grandes como creemos
Detrás de la violencia matemática de un diálogo bien pulido suele ocultarse una premisa: el miedo a la arbitrariedad del mundo. En la arquitectura dramática de David Mamet, la palabra rara vez ha funcionado como un puente de entendimiento entre dos personas; ha sido, más bien, un instrumento de dominación retórica, una navaja que te deja sin respiración. Deja sin respiración a sus personajes. Deja sin respiración a los que estamos en la butaca. Piensen, yo qué sé, en Oleanna. Obras canónicas como ésta o como American Buffalo, Speed-the-Plow o Glengarry Glen Ross erigieron un altar a la sospecha donde el lenguaje operaba como una extensión del libre mercado. Un libre mercado en el que Mamet no creía. Hasta ahora. Ahora cree en Donald Trump.
La crítica cultural tendió a leer su diagnóstico del capitalismo norteamericano desde una óptica progresista, pero olvidaba la constante soterrada de su dramaturgia: la fascinación por el colapso de las certezas humanas. Mamet es el escritor de las incertidumbres. El punto de inflexión de su obra y de sí mismo se hizo explícito a mediados de la década de 2000, un viraje que el propio autor formalizó en 2008 con su célebre ensayo en The Village Voice ("Why I Am No Longer a 'Brain-Dead Liberal - Por qué ya no soy un progresista zombi") y que articuló conceptualmente en su volumen "The Secret Knowledge" (que no gustó a la crítica. Trump lo hace bien, los propalestinos están equivocados, me burlo de las medidas anticovid, hablo de la cultura de la cancelación... Mamet compró todo el paquete). Esta transición ideológica hacia el conservadurismo político y el neoconservadurismo cultural no constituye una ruptura caprichosa, sino el tránsito lógico desde el cinismo desencantado hacia la búsqueda de un orden trascendente.
Porque Mamet busca la trascendencia: se puso a estudiar la Torá y se reencontró con sus raíces judías.
Desde una perspectiva teológica, su viraje se enmarca en la crítica rabínica contra la idolatría. En el pensamiento judío, aclaramos, la forma más sutil y perversa de idolatrar no estriba en la adoración de imágenes, sino en la divinización de la razón humana y en la soberbia del ego: esa ilusión de creer que el individuo es el único constructor de su destino. Para el Mamet maduro, la fe en la ingeniería social y en la razón ilustrada no es más que una manifestación de esta soberbia. La caída de la ilusión progresista exige, por tanto, un reconocimiento de la pequeñez humana ante un orden superior.
Recuerden: la cultura es política.
Lo curioso es que es, precisamente, en el núcleo de esta metamorfosis donde se sitúa Keep Your Pantheon (obra que en Mérida se titula Cómicos de Roma). A primera vista, la incursión del adusto dramaturgo en la farsa de togas y enredos cómicos ambientada en la Roma imperial podría interpretarse como un divertimento menor. Sin embargo, la obra quiere criticar el ego artístico. La trama sigue a Strabo, un director de compañía arruinado y cegado por la vanidad de su oficio, cuya ambición lo conduce a las puertas del Coliseo.
Los diálogos cortantes
En los círculos teatrales, la manera que tienen de hablar los personajes de Mamet se llama "Mamet Speak". Dejan frases sin acabar, son ácidos, irónicos, hirientes o tiernos y en su estilo hay interrupciones, ritmos sincopados y repeticiones varias. En esta obra lo usa para ridiculizar el hecho teatral y desmantelar la vanidad: de hecho, nos advierte de que triunfaremos cuando abandonemos esta pretensión de que somos más válidos, más bellos o mejores que los demás. Que no somos tan grandes, nos dice: que nuestra escala es mucho menor. Que no nos subamos a la parra, aunque allí esté Baco. En definitiva: que no nos creamos dioses.
Después de Keep your pantheon, Mamet ha escrito más teatro: ha abordado desde las tensiones raciales en Estados Unidos, con Race, a los choques entre la moralidad tradicional/estatal y el radicalismo de los años 60 y la persecución de la ortodoxia religiosa y la cancelación mediática en The Anarchist o The Penitent, pero sus últimas obras no gustan a la crítica. Ni al público, por cierto. Existe un consenso casi unánime: son doctrinarias y están lastradas por las tesis políticas, que prevalecen muy por encima de la complejidad dramática. Y el Mamet Speak ha dejado de gustar, porque un dramaturgo ha de saber cambiar de estilo y dejar de repetirse. En sus primeras obras, el autor no juzgaba explícitamente a sus criaturas, que eran víctimas y victimarios a un tiempo y que estaban atrapados en sistemas que los aplastaban (el mercado inmobiliario, el negocio de las antigüedades, la academia). En las últimas son más planos, porque Mamet quiere revelar una verdad.
Este señor fue, en su día, el cronista más despiadado, seco y corrosivo del capitalismo norteamericano, dejó de ser un progresista zombi y dejó de tener éxito del todo. Cómicos de Roma está justo en la mitad de todo esto. Es un ajuste de cuentas consigo mismo, con la profesión que le dio la gloria y con la idea de la providencia divina frente al ego de los hombres. Porque aquí solo hay hombres.

En Cómicos de Roma, Mamet proyecta esa ceguera sobre Strabo, un viejo director y actor arruinado que vive intoxicado por la vanidad, la nostalgia de sus pasados triunfos y la ilusión de poder manipular a los demás mediante la pura palabrería. El "panteón" al que alude el título original no es solo la colección de dioses paganos del Imperio, sino el panteón de vanidades donde el artista se erige en su propio dios.
Para castigar —y a la vez redimir— esa soberbia, el dramaturgo no recurre a la tragedia sombría, sino a la lección de humillación que encierra la comedia fársica heredada de Plauto. La trama somete a los cómicos a una cadena ininterrumpida de errores fortuitos, planes fallidos y descalabros que terminan con la compañía ... Bueno, eso no se lo vamos a contar. Lo resumiremos en que el guion de nuestra vida lo escribimos nosotros rara vez. En que a veces pasan cosas.
Las comedias bien hechas no son nunca menores. No son obras que solo sirvan para reírse o que solo acaben bien. Al situar la historia en la Roma pagana e imperial, Mamet está también mirando el declive moral de la sociedad contemporánea desde una distancia prudencial. Roma funciona como el escenario perfecto de la decadencia, un lugar donde el arte se ha vuelto precario. Al reírse de las miserias de la profesión teatral, el autor estadounidense termina firmando un acto de fe paradójico: una comedia donde la única salvación posible ante el absurdo del mundo no reside en el ego de los artistas, sino en la humildad de reconocer la propia pequeñez y seguir actuando a pesar de todo.
Eso quieren los actores de esta compañía: seguir actuando a pesar de todo. A alguno lo hemos visto aquí: otros se estrenan en la scaena del teatro romano. Se estrena Fernando Tejero, que intepreta a Strabo. Se estrenan Daniel Arias, Adrián Expósito, Jorge Asín, Daniel Morato, Álvaro Tejero, Pedro Moreno Orta, Michel Serrano y Mario Gallardo.

Para Rafa Castejón es su cuarta vez.
"Es uno de los mejores actores de este país". Eso me lo dijo Calixto Bieito hace veinte años, antes de estrenar "Los persas", que sigue siendo mi obra favorita de cuantas he visto en el Festival. Yo no le conocía: luego he estado pendiente de todo lo que ha hecho. La primera vez que vi a Rafa Castejón en ese escenario, cantaba "El novio de la muerte" y jamás he visto tanta testosterona encarnada en un solo tío. Macho entre los machos era Castejón en esa obra. También estábamos los dos en la treintena y todo influye. Aquí interpreta al alter ego de Strabo, Pelargon, su ex pareja, su amigo, su socio, el que le pone los pies en el suelo, la aguja ácida que Mamet respeta en todas sus obras, de un modo u otro. Charlamos sobre la incertidumbre, el paro entre los actores, su nuevo proyecto con Javier Bardem (en teatro, sí, un trasunto de Chejov). Hablamos de Mamet, como hablo con José Pascual de Mamet (dirige la obra, también la adapta), de la relación de Mamet con la religión, de cómo cambió sus planteamientos ideológicos y me digo: bueno, lo mismo hay que contar esto y hay que hablar de teatro y hay que hablar de Mamet y hay que hablar de política.