FESTIVAL DE MÉRIDA
El día que Fedra decidió romper su contrato con la culpa y Lydia Bosch volvió al teatro
Una relectura del mito en el Festival de Mérida confronta la tradición clásica con un juicio a la moral contemporánea.
Los mitos nos explican el mundo: lo hemos dicho mil veces. Esto significa que ls ficciones no se idearon para ensalzar la libertad humana, sino para cartografiar sus castigos. En la tragedia antigua, la historia de Fedra —hija de Minos y Pasífae, reina de Atenas y esposa de Teseo— representa el modelo perfecto de la víctima instrumental. Su pasión abrasadora hacia su hijastro Hipólito nunca fue una elección libre, sino el dardo destructivo lanzado por Afrodita para infligir una venganza contra un joven que la despreciaba. A la mujer, convertida en mero daño colateral entre divinidades, solo le quedó el estigma del deseo prohibido, la vergüenza social y el suicidio, dejando tras de sí una acusación falsa para preservar la honra de su estirpe.

Durante siglos, la tradición dramática profundizó en las aristas de ese martirio. En el siglo V a. C., Eurípides presentó en su Hipólito a una reina que luchaba en silencio por sofocar su mal hasta que la indiscreción de la nodriza desató la catástrofe. Más tarde, el romano Séneca endureció los contornos psicológicos de la pieza. Nos dibujó a una Fedra mucho más explícita y directa en la confesión cara a cara ante su hijastro. En el siglo XVII, Jean Racine impregnó la fábula de una angustia desgarradora donde la culpa ya no era solo una trampa divina, sino una mácula heredada en la propia sangre. En todos los textos, el hilo de la existencia administrado por las Moiras (Cloto hilando el nacimiento, Láquesis midiendo la porción de sufrimiento y Átropos cortando la hebra sin contemplaciones) desembocaba en la misma sentencia tajante e inapelable.

Frente a esa inercia secular, resulta curioso el punto de partida de Fedra, en los infiernos, la propuesta escrita y dirigida por José María del Castillo para el Teatro Romano de Mérida (que podremos ver desde esta noche del eclipse, 12 de agosto, hasta el domingo 16). La obra rompe el curso temporal del mito y traslada la acción al Inframundo. Desde allí, el alma atormentada de la protagonista exige un pacto con las Moiras para regresar al mundo terrenal, reescribir su historia y liberarse de la losa con la que los relatos oficiales han sepultado su memoria. No se trata de una petición de clemencia, sino de un cuestionamiento frontal a los juicios morales y a la culpabilidad transformada en pecado.
Esta producción (coproducida por el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, La Raíz y Coribante) supone el regreso a los escenarios de Lydia Bosch tras 37 años de ausencia y su debut en la scaena emeritense. Acompañada en el reparto por Julio Peña en el papel de Hipólito, Alejandro Albarracín como Teseo, las Moiras Marta Calvó, Antonio Albella, Eva Diago y la única superviviente de la familia rival de Teseo, Yaiza Marcos, la pieza concibe a las Moiras como una entidad coral. Su presencia constante en escena opera como un reflejo de los tribunales implacables del qué dirán y del escarnio público, tan vigentes hoy en los espacios virtuales como en la Atenas milenaria.

La puesta en escena se apoya, además, en referencias estéticas inspiradas en la Semana Santa de la localidad de Lorca. A través de este empaque ritual, el texto indaga en el derecho a vivir sin someterse a las expectativas ajenas, una idea sintetizada en la afirmación del propio personaje al señalar que, de tener una tercera oportunidad, amaría con la misma fuerza pero con menos culpa.
Con esta obra nos vamos a preguntar en qué medida las pasiones humanas han cambiado o si únicamente se han transformado las plataformas desde las cuales se ejerce la fiscalización moral. Si el destino es una construcción que nace del propio juicio humano, la posibilidad de que Fedra reescriba su historia depende en última instancia de la mirada de quienes la juzgan. Por eso romperá la cuarta pared una vez y otra: para que la entendamos.

Cuando la función llega a su término tras hora y media de tragedia e ironía, la verdadera incógnita que permanece en el aire del Teatro Romano no es si las Moiras concederán el perdón a la heroína cretense. Lo que la obra deja al descubierto es si la sociedad contemporánea es capaz de revisar sus propios dogmas o si seguimos juzgando más duramente a las mujeres.
